Capítulo 10

La Resurrección de Cristo

        Los discípulos, entristecidos por la muerte de su Señor, reposaron durante el sábado, mientras que Jesús, el Rey de gloria, permanecía en el sepulcro. La noche había transcurrido lentamente, y cuando estaba todavía oscuro, los ángeles que volaban sobre el sepulcro sabían que la hora de libertar al amado Hijo de Dios, su amado comandante casi había llegado. Y mientras esperaban con profunda emoción la hora de su triunfo, un fuerte y poderoso ángel descendió del cielo, volando velozmente. Su rostro era como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve. Su luz disipó las tinieblas de su camino, e hizo que los ángeles malos que con voz triunfal habían reclamado el cuerpo de Jesús, huyeran aterrorizados por el resplandor de su gloria. Uno de la hueste angélica que había sido testigo de las escenas de la humillación de Jesús y que había montado guardia junto a su lugar de descanso, se unió al ángel del cielo y juntos, descendieron al sepulcro. La tierra tembló cuando ellos se acercaron, y se produjo un gran terremoto.

        El terror se apoderó de la guardia romana. ¿Dónde estaba su poder para conservar el cuerpo de Jesús? No pensaron ni en su deber ni en la posibilidad de que los discípulos se llevaran el cuerpo. Cuando la luz de los ángeles resplandeció alrededor de ellos con un fulgor mayor que el del sol, la guardia romana cayó al suelo como muerta. Uno de los ángeles retíró la gran piedra que cubría la puerta del sepulcro y se sentó sobre ella. El otro entró en la tumba y desató los vendajes que cubrían la cabeza de Jesús. Entonces, el ángel que había venido del cielo, con una voz que hizo temblar la tierra, exclamó: Tú, Hijo de Dios, tu Padre te llama! Sal fuera! La muerte ya no podía ejercer más dominio sobre él. Jesús se levantó de entre los muertos triunfante y vencedor. La hueste angélica contempló la escena con solemne reverencia. Y cuando el Señor salió del sepulcro en majestad, esos resplandecientes ángeles se postraron en tierra y lo alabaron con himnos de victoria y de triunfo, porque la muerte ya no podía retener a su divino cautivo. Satanás no había triunfado ahora. Los ángeles de Satanás se habían visto obligados a huir ante la luz refulgente y penetrante de los ángeles celestiales. Amargamente se quejaron a su rey, de que su presa les había sido quitada violentamente y que Aquel a quien tanto odiaban se había levantado de entre los muertos.

        Satanás y su hueste se habían regocijado de que su poder sobre el hombre caído había logrado que el Señor de la vida yaciera en la tumba, pero su triunfo infernal fue de breve duración. Porque cuando Jesús salió de su cárcel como majestuoso vencedor, Satanás supo, que en poco tiempo tendría que morir, y que su reino pasaría a Aquel a quien le correspondía. Se lamentó con ira de que a pesar de todos sus esfuerzos, el Señor no había sido vencido, sino que había abierto un camino de salvación para el hombre, de manera que todo aquel que quisiera, podría avanzar por éste y salvarse.

        Momentáneamente, Satanás pareció triste y mostró angustia. Se reunió en concilio con sus ángeles para deliberar acerca de qué métodos podían usar a fin de seguir trabajando en contra del gobierno de Dios. Satanás ordenó a sus siervos que se pusieran en contacto con los principales sacerdotes y ancianos. Les dijo: "Tuvimos éxito en engañarlos, cegando sus ojos y endureciendo sus corazones contra Jesús. Les hicimos creer que era un impostor. Esa guardia romana llevará la desagradable noticia de que Cristo ha resucitado. Conseguimos que los sacerdotes y los ancianos aborrecieran a Jesús y le dieran muerte. Hagámosles saber ahora que si se propaga el hecho de que Jesús ha resucitado, el pueblo los apedreará por haber enviado a la muerte a un hombre inocente".

        Cuando las hueste angélica se fue al cielo y se disiparon la luz y la gloria, vi que la guardia romana se atrevió a levantar cuidadosamente la cabeza para ver si era seguro que miraran a su alrededor. Estaban llenos de asombro al ver que la gran piedra había sido retirada y que Jesús había resucitado. Se apresuraron a ir a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos para relatarles la asombrosa historia de lo que habían visto. Cuando esos asesinos escucharon el maravilloso informe, sus rostros empalidecieron. El horror se apoderó de ellos cuando se dieron cuenta de lo que habían hecho. Entonces se dieron cuenta de que si el informe era correcto, estaban perdidos. Por unos momentos se quedaron en silencio, contemplándose los unos a los otros sin saber qué hacer ni qué decir. Aceptar el informe equivalía a condenarse a sí mismos. Se reunieron aparte para consultar en cuanto a lo que se debía hacer. Argumentaron que si el informe de que Jesús había resucitado y la historia de ese despliegue de sorprendente gloria que hizo que la guardia cayera como muerta comenzaba a circular entre la gente, el pueblo ciertamente se llenaría de ira y los mataría. Decidieron sobornar a los soldados para que guardaran el secreto. Le ofrecieron una gran suma de dinero diciéndoles: Decid vosotros: sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos. Y cuando los guardias les preguntaron qué iba a suceder con ellos por quedarse dormidos en sus puestos, los dirigentes judíos les prometieron persuadir al gobernador y asegurar de esemodo su tranquilidad. Por dinero, la guardia romana decidió vender su honra y estuvo de acuerdo en seguir el consejo de los sacerdotes y ancianos.

        Cuando Cristo pendiendo de la cruz, exclamó: "¡Consumado es!" las rocas se hendieron, la tierra tembló y algunas tumbas se abrieron. Al levantarse como triunfador sobre la muerte y el sepulcro, mientras la tierra se sacudía y la gloria del cielo resplandecía en torno del lugar sagrado, muchos de los justos muertos obedientes a su llamado, salieron como testigos de que había resucitado. Esos santos favorecidos y resucitados salieron glorificados de la tumba. Eran escogidos y santos de todas las edades, desde la creación hasta los días de Cristo. De manera que mientras los dirigentes judíos trataban de ocultar el hecho de que Cristo había resucitado, Dios escogió resucitar una compañía de la tumba para testificar que Jesús había resucitado, y para declarar su gloria.

        Esos seres resucitados eran de diferente estatura y forma. Se me informó que los habitantes de la tierra se habían estado degenerando en fortaleza y belleza. Satanás tiene poder sobre la enfermedad y la muerte, y en todas las edades la maldición ha sido cada vez mas visible, y el poder de Satanás se ha hecho más evidente. Los que vivían en los días de Noé y de Abrahán se parecían a los ángeles en su forma, su apariencia y su fortaleza. Pero cada generación sucesiva se ha vuelto más débil, más susceptible a la enfermedad, y su vida ha sido de más corta duración que la anterior. Satanás ha ido aprendiendo cómo perturbar y debilitar a la raza.

        Los santos que salieron de sus tumbas después de la resurrección de Jesús, se aparecieron a muchos, diciéndoles que se había completado el sacrificio en favor del hombre, que Jesús, a quien los judíos habían crucificado, había resucitado de los muertos, y como prueba de sus palabras, declararon: Nosotros resucitamos con él. Dieron testimonio en el sentido de que por el poder de Jesús habían sido llamados a salir de la tumba. A pesar de los informes mentirosos que comenzaron a circular, la resurrección de Cristo no pudo ser ocultada por Satanás, sus ángeles o los principales sacerdotes. Porque ese grupo santo, resucitado de la tumba, diseminó las maravillosas y gozosas nuevas. El mismo Jesús se manifestó también a sus apenados y descorazonados discípulos, para disipar sus temores e infundirles gozo y alegría.

        A medida que las nuevas se difundían de ciudad en ciudad, y de pueblo en pueblo, los judíos a su vez temieron por sus vidas, y ocultaron el odio que acariciaban en contra de los discípulos. Su única esperanza era poder esparcir su relato mentiroso. Y los que deseaban que esa mentira fuera verdad, la creyeron. Pilato tembló. Creyó el poderoso testimonio dado de que Jesús había resucitado de los muertos, y de que él había levantado con él a muchos otros, y su paz se apartó de él para siempre. Por el honor mundano, por temor a perder su autoridad y su vida, entregó a Jesús a la muerte. Ahora estaba completamente convencido de que no era tan solo de la sangre de un hombre común e inocente de la cual él era culpable, sino de la sangre del Hijo de Dios. Miserable fue la vida de Pilato, miserable hasta que llegó a su fin. La desesperación y la angustia quebrantaron todo sentimiento de gozosa esperanza. Rehusó ser confortado, y terminó en la muerte más trágica.

        El corazón de Herodes se volvió más empedernido, y cuando escuchó que Jesús había resucitado, no se preocupó mucho. Mandó a matar a Santiago; y cuando vio que eso complacía a los judíos, arrestó también a Pedro, con la intención de matarlo. Pero Dios tenía una obra para Pedro, y envió a su ángel y lo liberó. Herodes fue visitado por juicios divinos. Dios lo hirió en presencia de una gran multitud mientras se exaltaba a sí mismo ante ella, y murió de una horrible muerte.

        Temprano en la mañana, antes de que hubiera luz, las santas mujeres vinieron al sepulcro trayendo especias aromáticas para ungir el cuerpo de Jesús, cuando encontraron que la pesada piedra que estaba a la puerta del sepulcro había sido removida y que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Sintieron en su interior que su corazón desmayaba, y temieron que sus enemigos se hubieran llevado el cuerpo. Y, he aquí que dos ángeles en vestidos blancos se pusieron junto a ellas; sus rostros eran brillantes y relucientes. Comprendieron la misión de la santas mujeres e inmediatamente les dijeron que ellas estaban buscando a Jesús, pero él no estaba allí, había resucitado y podían ver el lugar donde él había sido puesto. Les ordenaron que fueran y les dijeran a los discípulos que el Señor iría delante de ellos a Galilea. Pero las mujeres estaban asustadas y atónitas. Con gran prisa corrieron hacia los discípulos quienes estaban de duelo y no podían ser consolados porque su Señor había sido crucificado; apresuradamente les dijeron las cosas que habían visto y escuchado. Los discípulos no podían creer que él hubiera resucitado, pero, en compañía de las mujeres que habían llevado el informe, corrieron precipitadamente hacia el sepulcro y encontraron que verdaderamente Jesús no estaba ahí. Allí estaban los lienzos, pero no podían creer que Jesús se había levantado de los muertos. Regresaron a la casa maravillados de las cosas que habían visto, y también del reporte que les habían traído las mujeres. Pero María escogió demorarse cerca del sepulcro, meditando en lo que había visto y estaba triste ante el pensamiento de que pudiera haber sido engañada. Sintió que le aguardaban nuevas pruebas. Su pesar aumentó y prorrumpió en amargo llanto. Se inclinó a mirar dentro del sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco. Sus rostros eran brillantes y relucientes. Uno de ellos estaba sentado a la cabecera y el otro a los pies donde Jesús había descansado. Le hablaron tiernamente y le preguntaron por qué lloraba. Ella replicó: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.

        Y como se retiró del sepulcro, vio a Jesús de pie cerca de ella; pero no lo reconoció. Jesús le habló con ternura a María e inquirió acerca de la causa de su tristeza, preguntándole a quién buscaba. Ella, pensando que era el hortelano, le suplicó que si él se había llevado a su Señor, le dijera dónde lo había puesto y ella entonces se lo llevaría. Jesús le habló con su propia voz celestial y le dijo: ¡María! Ella estaba familiarizada con el tono de aquella voz amada y prestamente respondió: ¡Maestro! y con gozo y alegría estaba a punto de abrazarlo; pero Jesús se apartó y le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; más ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Gozosamente ella se apresuró a dar las buenas nuevas a los discípulos. Jesús rápidamente ascendió a su Padre para oir de sus labios que su sacrificio había sido aceptado, que había hecho bien todas la cosas y a recibir de su Padre toda potestad en el cielo y en la tierra.

        Una nube de ángeles rodeaba al Hijo de Dios, quienes ordenaron a las puertas eternas que se alzaran para que pudiera entrar el Rey de gloria. Vi que mientras Jesús estaba acompañado de esa resplandeciente hueste celestial, en la presencia de su Padre y rodeado de la excelsa gloria de Dios, él no olvidó a sus pobres discípulos que estaban en la tierra; sino que recibió poder de su Padre para regresar a ellos e impartirles de su poder. El mismo día regresó y se mostró a sus discípulos. Les permitió que lo tocaran porque ya había ascendido a su Padre y había recibido poder.

        Pero en ese momento Tomás no estaba presente. No recibió humildemente el informe de los discípulos; sino que con firmeza y lleno de confianza propia afirmó que no lo creería, a menos que pusiera sus dedos en las marcas de los clavos y su mano en su costado donde la cruel lanza había sido enterrada. En esto él mostró falta de confianza en sus hermanos. Y si todos ellos hubieran requerido la misma evidencia, muy pocos habrían recibido a Jesús y creído en su resurrección. Pero era la voluntad de Dios que el informe de los discípulos fuera de uno a otro, y que muchos lo recibieran de los labios de quienes habían visto y escuchado. Dios no se sentía complacido con una incredulidad tal. Y cuando Jesús se reunió de nuevo con sus discípulos Tomás estaba con ellos. En el mismo momento que vio a Jesús él creyó. Pero había declarado que no estaría satisfecho sin que la evidencia del sentido del tacto se uniera a la de la vista, y Jesús le dio la evidencia que él deseaba. Tomás exclamó: ¡Mi Señor y mi Dios! Pero Jesús le reprochó por su incredulidad. Le dijo: Tomás, porque me has visto has creído; bienaventurados son los que no han visto y sin embargo han creído.

        De esa manera vi que quienes no tuvieron una experiencia en los mensajes del primero y segundo ángeles1, deben recibirla de aquellos que la tuvieron y seguir a la par de los mensajes. Vi que esos mensajes han sido crucificados, de la misma manera en que Jesús fue crucificado. Y que como los discípulos declararon que no había salvación en otro nombre debajo del cielo dado a los hombres; así también deberían los siervos de Dios declarar fielmente y sin temor, que los que acepten solamente una parte de las verdades conectadas con el tercer mensaje2 deben aceptar gozosamente el primero, el segundo y el tercer mensajes de la manera que Dios los ha dado o no deben tener parte ni lote en el asunto.

        Me fue mostrado que mientras las santas mujeres estaban llevando el reporte de que Jesús había resucitado, la guardia romana estaba haciendo circular la mentira que los principales de los sacerdotes y los escribas habían puesto en sus bocas, que los discípulos habían venido de noche mientras ellos dormían, y habían robado el cuerpo de Jesús. Satanás había puesto esta mentira en los corazones y en los labios de los principales de los sacerdotes, y el pueblo estuvo listo para aceptar su palabra. Pero Dios hizo que ese asunto fuera indiscutible y colocó este importante evento, sobre el cual descansa la salvación, más allá de toda duda, y donde fuera imposible que los sacerdotes y escribas lo ocultaran. Muchos testigos fueron levantados de los muertos para probar que Cristo había resucitado.

        Jesús permaneció por cuarenta días con sus discípulos, proporcionándoles gozo y alegría de corazón, y abriéndoles más plenamente las realidades del reino de Dios. Los comisionó para que llevaran un testimonio de las cosas que habían visto y oído, con respecto a sus sufrimientos, su muerte y su resurrección; que él había hecho un sacrificio por el pecado, para que todos los que quisieran, pudieran venir a él y hallar vida. Con tierna simpatía les dijo que serían perseguidos y afligidos; pero que encontrarían alivio al referirse a su experiencia y al recordar las palabras que se les habían dicho. Les dijo que él había vencido las tentaciones del diablo y había mantenido la victoria a través de pruebas y sufrimientos, que Satanás ya no tendría poder sobre él, sino que dirigiría sus tentaciones y ejercería su poder sobre ellos y sobre todos los que creyeran en su nombre. Les dijo que ellos podrían vencer así como él había vencido. Jesús invistió a sus discípulos con poder para realizar milagros, y les dijo que aunque hombres impíos tendrían poder sobre sus cuerpos, en cierta ocasiones él enviaría a sus ángeles para que los libertasen, que sus vidas no les podrían ser arrebatas hasta que su misión no hubiese sido cumplida. Y cuando su testimonio hubiera llegado a su fin, podría ser que se requiriera que sellaran con sus vidas el testimonio que habían llevado. Sus ansiosos seguidores escucharon gozosamente sus enseñanzas. Ávidamente se deleitaban con cada palabra que salía de sus benditos labios. Entonces tuvieron la certeza de que él era el Salvador del mundo. Cada palabra penetraba con un profundo impacto en sus corazones, y se afligían al tener que separarse de su bendito maestro celestial; que después de un corto tiempo ya no escucharían palabras consoladoras y compasivas salir de sus labios. Pero nuevamente sus corazones se llenaron de amor y gran gozo, cuando Jesús les dijo que él iría a preparar mansiones para ellos, y vendría otra vez y los tomaría a sí mismo, para que pudieran estar siempre con él. Les explicó que les enviaría el Consolador, el Espíritu Santo, para guiarlos, bendecirlos y conducirlos a toda verdad; alzó entonces sus manos y los bendijo.

1. Favor hacer referencia a: Apocalipsis 14:6-8. Explicación este libro capítulo 23 & 24.
2. Favor hacer referencia a: Apocalipsis 14:9-12. Explicación este libro capítulo 28.
Favor hacer referencia a: Mateo 27:52-53; capítulo 28, Marcos 16:1-18; Lucas 24:1-50; Juan capítulo 20, Hechos capítulo 12.

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Capítulo 11

La Ascensión de Cristo

        Todo el cielo estaba esperando la hora de triunfo cuando Jesús ascendería a su Padre. Ángeles vinieron a recibir al Rey de gloria y a escoltarlo triunfalmente al cielo. Después que Jesús hubo bendecido a sus discípulos, se separó de ellos y fue llevado hacia arriba. Y a medida que ascendía era seguido por la muchedumbre de cautivos que fueron levantados cuando él resucitó. Una multitud de los ejércitos celestiales le acompañaba; mientras que en el cielo una innumerable cantidad de ángeles aguardaba su regreso. Mientras ascendían a la santa ciudad los ángeles que escoltaban a Jesús exclamaban: "Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotros puertas eternas, y entrará el Rey de gloria." Arrobados, los ángeles en la ciudad que aguardaban su llegada, exclamaban: ¿Quién es este Rey de gloria? Con voz triunfante el séquito de ángeles contestaba: ¡Jehová el fuerte y valiente! ¡Jehová el poderoso en batalla! Alzad oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. Nuevamente la hueste angélica exclamó: ¿Quién es este Rey de gloria? Con voces melodiosas la escolta de ángeles contestó: ¡Jehová de los ejércitos, él es el Rey de gloria! Y la comitiva celestial hizo su entrada en la ciudad. Entonces, todos los ejércitos celestiales rodearon al Hijo de Dios, su majestuoso comandante, y con la más profunda adoración se postraron ante él y depositaron sus brillantes coronas a sus pies. Y enseguida tocaron sus arpas de oro, y con dulces y melodiosos acordes, llenaron todo el cielo con su música exquisita y con cantos al Cordero que fue inmolado y vive nuevamente en majestad y gloria.

        Entonces me fueron mostrados los discípulos cuando llenos de pesar miraban hacia el cielo tratando de vislumbrar por última vez a su Señor mientras ascendía. Dos ángeles en vestiduras blancas se pusieron junto a ellos, y les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá así tal como le habéis visto ir al cielo. Los discípulos, con la madre de Jesús, presenciaron la ascensión del Hijo de Dios, y pasaron esa noche recordando sus hechos, y las cosas extrañas y gloriosas que habían ocurrido durante tan corto tiempo.

        Satanás consultó con sus ángeles, y con un odio amargo en contra del gobierno de Dios, les dijo que mientras él retuviera su poder y autoridad sobre la tierra, sus esfuerzos tenían que ser diez veces más poderosos en contra de los seguidores de Jesús. No habían logrado nada en su oposición hacia Jesús; pero de ser posible, debían destruir a sus seguidores, llevando a cabo su obra a través de cada generación, para engañar a quienes creían en Jesús, en su resurrección y en su ascensión. Satanás relató a sus ángeles que Jesús había otorgado a sus discípulos poder para echarlos, reprenderlos y sanar a los que eran afligidos por ellos. Entonces, los ángeles de Satanás salieron como leones rugientes buscando cómo podrían devorar a los seguidores de Jesús.

Favor hacer referencia a: Salmos Libro I 24:7-10; Hechos 1:1-11.

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Capítulo 12

Los Discípulos de Cristo

        Con gran poder los discípulos predicaron a un Salvador crucificado y resucitado. Sanaron a los enfermos, aun uno que siempre había sido paralítico fue restaurado a una perfecta salud, y entró con ellos en el templo caminando, saltando y alabando a Dios a la vista de todo el pueblo. Las nuevas se esparcieron y la gente empezó a congregarse alrededor de los discípulos. Muchos corrieron juntos, maravillados y asombrados en gran manera ante la curación que había sido efectuada.

        Los principales de los sacerdotes pensaron que al morir Jesús ya no se efectuarían más milagros entre ellos, que la excitación desaparecería y que el pueblo se volvería nuevamente a las tradiciones de los hombres. Pero, he aquí que justamente en su medio, los discípulos estaban obrando milagros, y el pueblo estaba lleno de admiración y los miraba con asombro. Jesús había sido crucificado, y ellos se preguntaban cómo los discípulos habían obtenido ese poder. Cuando él estaba vivo pensaron que había impartido poder a sus discípulos; cuando Jesús murió esperaban que esos milagros cesarían. Pedro comprendió su perplejidad y les dijo: "Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si con nuestra virtud o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, al cual vosotros entregasteis, y negasteis delante de Pilato, juzgando al que había de ser suelto. Mas vosotros al Santo y al Justo negasteis, y pedisteis que se os diese un homicida. Y matasteis al Autor de la vida, al cual Dios ha resucitado de los muertos; de lo que nosotros somos testigos. Pedro les dijo que fue la fe en Jesús lo que le había dado perfecta sanidad a un hombre que había sido anteriormente un cojo.

        Los principales de los sacerdotes y los ancianos no pudieron soportar esas palabras. Echaron mano de los discípulos y los pusieron en la cárcel. Pero miles de personas se convirtieron y creyeron en la resurrección y ascensión de Cristo, al oír un solo sermón de los apóstoles. Los principales de los sacerdotes y los ancianos estaban inquietos. Habían matado a Jesús para que las mentes del pueblo pudieran volverse hacia ellos; pero ahora el asunto era peor que antes. Fueron acusados abiertamente por los discípulos de haber sido los asesinos del Hijo de Dios, y no podían determinar a cuál extremo podía extenderse este asunto, o cómo podían ellos mismos ser considerados por el pueblo. Habrían estado dispuestos a condenar a muerte a los discípulos pero no se atrevieron por temor a ser apedreados por el pueblo. Llamaron a los discípulos, quienes fueron llevados ante el concilio. Los mismos hombres que clamaron ansiosamente por la sangre del Justo estaban allí. Habían escuchado la cobarde negación de Pedro, quien cuando fue acusado de ser uno de sus discípulos lo negó con maldiciones y juramentos. Pensaron que intimidarían a Pedro, pero ahora él estaba convertido. Allí se le dio una oportunidad de exaltar a Jesús. Una vez él lo negó, pero ahora podía borrar la mancha de aquella negación hecha en forma cobarde y apresurada, y honrar el nombre que había negado. En ese momento Pedro no abrigaba en su corazón ningún temor cobarde; sino que con una audacia santa y con el poder del Espíritu Santo, declaró intrépidamente ante ellos que: En el nombre de JesuCristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis, y a quien Dios levantó de los muertos, este hombre ha recibido completa sanidad. Esta es la piedra que desecharon los edificadores y se ha convertido en piedra angular. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

        El pueblo estaba atónito ante la audacia de Pedro y de Juan. Se dieron cuenta de que ellos habían estado con Jesús; porque su noble y valeroso comportamiento reflejaba la apariencia de Jesús cuando fue perseguido por sus asesinos. Jesús, con una mirada de lástima y pesar reprochó a Pedro después de haberlo negado, y ahora al reconocer osadamente a su Señor recibió aprobación y perdón. Como una muestra de la aprobación de Jesús, fue lleno del Espíritu Santo.

        Los principales de los sacerdotes no se atrevieron a manifestar el odio que sentían por los discípulos. Les ordenaron que saliesen fuera del concilio, y deliberaban entre sí diciendo: ¿Qué hemos de hacerle a estos hombres? Porque ciertamente han hecho un gran milagro y es evidente a todos los que moran en Jerusalem y no podemos negarlo. Estaban asustados de que estas nuevas se esparcieran. Si esto ocurría, perderían su poder y serían considerados como los asesinos de Jesús. Lo único que se atrevieron a hacer fue amenazarlos y ordenarles que de ninguna manera hablasen en el nombre de Jesús para que no murieran. Pero Pedro declaró osadamente que no podían dejar de decir lo que habían visto y oído.

        Mediante el poder de Jesús los discípulos continuaron sanando a cada uno de los enfermos y afligidos que eran traídos a ellos. El sumo sacerdote y los ancianos estaban alarmados. Centenares se alistaban diariamente bajo el estandarte de un Salvador crucificado, resucitado y que había ascendido al cielo. Los apóstoles fueron encerrados en prisión y se esperaba que la excitación se calmaría. Satanás triunfó y los ángeles malos se regocijaron; pero los ángeles de Dios fueron enviados para que abrieran las puertas de la prisión, y contradiciendo el mandato del príncipe de los sacerdotes y de los ancianos les ordenaron que fueran al templo y hablaran todas las palabras de vida. El concilio se reunió y envió a buscar a los prisioneros. Los oficiales abrieron las puertas de la prisión; pero los prisioneros que buscaban no estaban allí. Volvieron a los sacerdotes y ancianos y les dijeron: Por cierto, la cárcel hemos hallado cerrada con toda seguridad, y los guardas estaban delante de las puertas; pero cuando abrimos, a nadie encontramos dentro. Pero viniendo uno les dio la noticia: He aquí los varones que echasteis en la cárcel están en el templo, y enseñan al pueblo. Entonces fue el magistrado con los ministros, y los trajo sin violencia; porque temían que el pueblo los apedreara. 'Y cuando los trajeron los presentaron ante el concilio, y el principal de los sacerdotes les preguntó: ¿No os ordenamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre? Y he aquí, habéis llenado a Jerusalén con vuestra doctrina y tenéis la intención de echar sobre nosotros la sangre de este hombre.

        Eran unos hipócritas, y amaban la alabanza de los hombres más de lo que amaban a Dios. Sus corazones estaban endurecidos, y los actos más poderosos realizados por los apóstoles solamente los enfurecían. Sabían que si los discípulos predicaban a Jesús, su crucifixión, su resurrección y ascensión, esto les echaría la culpa y los declararía sus asesinos. No estaban dispuestos a recibir la sangre de Jesús como cuando gritaron con vehemencia: Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.

        Los apóstoles declararon osadamente que era menester obedecer a Dios antes que a los hombres. Pedro dijo: El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste ha ensalzado Dios por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados. Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y lo es también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen. Entonces, esos asesinos se llenaron de ira. Deseaban nuevamente bañar sus manos en sangre asesinando a los apóstoles. Estaban planeando cómo harían esto, cuando un ángel de Dios fue enviado a Gamaliel para que moviera su corazón y aconsejara al príncipe de los sacerdotes y a los dirigentes. Gamaliel dijo: Absteneos de hacerle daño a estos hombres y dejadlos en paz; porque si este consejo o esta obra es de los hombres se desvanecerá; pero si es de Dios no la podréis deshacer. No seáis tal vez hallados resistiendo a Dios. Los ángeles malvados estaban tratando de impresionar a los sacerdotes y ancianos para que mataran a los apóstoles; pero Dios envió su ángel para impedirlo al levantar en sus propias filas una voz que estuviera a favor de los discípulos.

        La obra de los apóstoles no había terminado. Habían de ser llevados ante reyes para testificar del nombre de Jesús y para atestiguar de las cosas que habían visto y oído. Pero antes de que los principales de los sacerdotes les permitieran irse, los azotaron y les ordenaron que no hablasen más en el nombre de Jesús. Ellos partieron de delante del concilio alabando a Dios por haber sido considerados dignos de sufrir por su amado nombre. Los apóstoles continuaron con su misión, predicando en el templo y en todas las casas donde eran invitados. La Palabra de Dios crecía y se multiplicaba. Satanás había actuado sobre los principales de los sacerdotes y los ancianos para que convinieran con la guardia romana a fin de que dijeran falsamente que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús mientras ellos dormían. A través de esta mentira esperaban ocultar los hechos; pero, he aquí que las poderosas evidencias de la resurrección de Jesús estaban surgiendo por todas partes. Los discípulos lo declararon intrépidamente, y testificaron de las cosas que habían visto y oído, y en el nombre de Jesús realizaron poderosos milagros. Osadamente ponían la sangre de Jesús sobre aquellos que habían estado tan dispuestos a recibirla cuando les fue permitido ejercer potestad contra el Hijo de Dios.

        Vi que los ángeles de Dios fueron comisionados para tener un cuidado especial, y preservar las sagradas e importantes verdades que servirían como un ancla para sostener a los discípulos de Cristo a través de cada generación.

        El Espíritu Santo descansó en una forma especial sobre los apóstoles, quienes fueron testigos de la crucifixión, resurrección y ascensión de Jesús-verdades importantes que serían la esperanza de Israel. Todos habrían de contemplar al Salvador del mundo como su única esperanza, y andar en el camino que Jesús abrió mediante el sacrificio de su propia vida, y guardar la ley de Dios para poder vivir. Vi la sabiduría y la bondad de Jesús al conceder poder a los discípulos para llevar a cabo la misma obra a causa de la cual los judíos lo odiaron y le dieron muerte. Les fue dado poder sobre la obra de Satanás. Obraron milagros y señales a través del nombre de Jesús, quien fue despreciado y muerto a manos de impíos. Un halo de luz y gloria rodeó el momento de la muerte y la resurrección de Jesús, inmortalizando el hecho sagrado de que él era el Salvador del mundo.

Favor hacer referencia a: Hechos capítulo 3-5.

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Capítulo 13

La Muerte de Esteban

        Los discípulos se multiplicaron grandemente en Jerusalén. La palabra de Dios creció, y muchos de los sacerdotes obedecieron a la fe. Esteban, lleno de fe estaba realizando maravillas y milagros entre el pueblo. Muchos estaban airados, porque los sacerdotes estaban abandonando sus tradiciones, los sacrificios y las ofrendas, y estaban aceptando a Jesús como el gran sacrificio. Esteban, con poder de lo alto, reprobó a los sacerdotes y a los ancianos y exaltó a Jesús delante de ellos. Estos no pudieron resistir la sabiduría y el poder con los cuales él habló, y como se dieron cuenta de que no podían vencerlo, contrataron hombres para que juraran falsamente que lo habían oído hablar palabras blasfemas en contra de Moisés y en contra de Dios. Instigaron al pueblo en contra de Esteban, y usando falsos testigos, lo acusaron de hablar en contra del templo y de la ley. Testificaron que lo oyeron decir que ese Jesús de Nazaret destruiría las leyes que Moisés les había dado.

        Todos los que se sentaron en juicio en contra de Esteban vieron la luz de la gloria de Dios reflejarse en su semblante. Su rostro fue iluminado como la faz de un ángel. Se levantó lleno de fe, y, comenzando desde los profetas, los llevó al advenimiento de Jesús, su crucifixión, su resurrección y ascensión, mostrándoles que el Señor no mora en templos hechos de manos. Ellos adoraban el templo. Cualquier cosa que se dijera en contra del templo los llenaba de una indignación mayor que si fuera dicho en contra de Dios. El espíritu de Esteban fue conmovido por santa indignación mientras les increpaba por ser tan malvados e incircuncisos de corazón. Siempre resistís al Espíritu Santo, les dijo. Observaban las ceremonias externas, mientras que sus corazones eran corruptos y estaban llenos de maldad. Esteban les recordó la crueldad de sus padres al perseguir a los profetas, diciéndoles: Habéis matado a los que antes anunciaron la venida del Justo, del cual vosotros ahora habéis sido los traidores y asesinos.

        Los principales sacerdotes y los dirigentes se llenaron de ira al escuchar las claras y penetrantes verdades, y se precipitaron contra Esteban. Una luz celestial resplandeció sobre él, y puestos los ojos en el cielo, tuvo una visión de la gloria de Dios y ángeles estaban a su alrededor. Él exclamó: He aquí veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios. El pueblo no quería escucharlo. Dando grandes voces, se taparon los oídos y todos a una arremetieron contra él y echándolo fuera de la ciudad lo apedrearon. Y Esteban puesto de rodillas clamó a gran voz. Señor no les atribuyas este pecado.

        Vi que Esteban era un poderoso hombre de Dios, levantado especialmente para llenar un lugar importante en la iglesia. Satanás se regocijó cuando fue apedreado, porque sabía que los discípulos sentirían grandemente su pérdida. Pero el triunfo de Satanás fue corto, porque había uno en medio de esa compañía a quien Jesús se le revelaría. Aunque él no tomó parte en el apedreamiento de Esteban, sin embargo consintió en su muerte. Saulo era celoso en su persecución de la iglesia de Dios, siguiéndolos y arrestándolos en sus casas, y entregándolos a los que los matarían. Satanás estaba usando a Saulo de una manera efectiva. Pero Dios puede quebrantar el poder del diablo y liberar a quienes él lleva cautivos. Saulo era un hombre educado, y Satanás estaba usando sus talentos triunfalmente para llevar adelante su rebelión en contra del Hijo de Dios, y de aquellos que creían en él. Pero Jesús seleccionó a Saulo como un "instrumento escogido" para predicar su nombre, para fortalecer a los discípulos en su obra, y para que lograse más que simplemente ocupar el lugar de Esteban. Saulo era muy estimado por los judíos: Su celo y su erudición los complacía, y aterrorizaba a muchos de los discípulos.

Favor hacer referencia a: Hechos capítulo 6-7.

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Capítulo 14

La Conversión de Saulo

        Mientras Saulo viajaba hacia Damasco llevando cartas que le autorizaban a prender a hombres o a mujeres que predicaban a Jesús y a llevarlos atados a Jerusalem, ángeles malos se regocijaban a su alrededor. Pero mientras viajaba, repentinamente, una luz del cielo brilló en torno suyo, la cual ahuyentó a los ángeles malos e hizo que Saulo cayera al suelo rápidamente. Oyó una voz diciendo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Saulo preguntó: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Y Saulo, temblando y lleno de asombro dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor dijo: Levántate, y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.

        Los hombres que estaban con él se quedaron desconcertados, escuchando una voz pero sin ver a ningún hombre. Cuando la luz se desvaneció y Saulo se levantó de la tierra y abrió sus ojos, no vio a nadie. La gloria de la luz celestial lo había cegado. Lo condujeron de la mano y lo llevaron a Damasco; allí estuvo tres días sin vista y no comió ni bebió. Entonces, el Señor envió su ángel a uno de los hombres mismos a quienes Saulo esperaba capturar, y le reveló en visión que debía ir a la calle llamada la Derecha, y preguntar en la casa de Judas por uno llamado Saulo de Tarso, porque he aquí, él ora; y ha visto en visión un varón llamado Ananías, que entra y le pone la mano encima, para que reciba la vista.

        Ananías temía que hubiese algún error en ese asunto, y comenzó a relatarle al Señor lo que había oído acerca de Saulo. Pero el Señor le dijo a Ananías: Ve: porque instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel. Porque yo le mostraré cuánto le sea menester que padezca por mi nombre. Ananías siguió las órdenes del Señor y entró en la casa, y poniendo sus manos sobre él dijo: Saulo hermano, el Señor Jesús, que te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo.

        Inmediatamente, Saulo recibió la vista, se levantó y fue bautizado. Luego predicó a Cristo en las sinagogas, que él era el Hijo de Dios. Todos los que lo oyeron estaban asombrados y preguntaron: ¿No es este el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes? Pero Saulo se esforzaba aún más, y confundía a los judíos. Nuevamente estaban turbados. Saulo relató su experiencia en el poder del Espíritu Santo. Todos estaban familiarizados con el hecho de la oposición anterior de Pablo en contra de Jesús, y su celo en perseguir y entregar a la muerte a todos los que creían en su nombre. Su conversión milagrosa convenció a muchos de que Jesús era el Hijo de Dios. Saulo relató su experiencia, contando que cuando estaba persiguiendo hasta la muerte, arrestando y encarcelando tanto a hombres como a mujeres, durante su viaje a Damasco, repentinamente una gran luz del cielo resplandeció a su alrededor y Jesús se le apareció y le enseñó que era el Hijo de Dios. A medida que Saulo predicaba osadamente a Jesús, ejercía una poderosa influencia. Tenía un profundo conocimiento de las Escrituras, y después de su conversión, una luz divina resplandeció sobre las profecías que concernían a Jesús, lo cual lo capacitó para presentar la verdad clara y valientemente, y para corregir cualquier perversión de las Escrituras. Con el Espíritu de Dios descansando sobre él, conducía a sus oyentes de una manera clara y persuasiva, a través de las profecías, hacia el tiempo de la primera venida de Cristo, y les mostraba que las Escrituras que se referían a los sufrimientos, la muerte y la resurrección de Cristo se habían cumplido.

Favor hacer referencia a: Hechos capítulo 9.

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Capítulo 15

Los Judíos Deciden Matar a Pablo

        Los principales sacerdotes y los gobernadores fueron movidos por el odio en contra de Pablo, al presenciar el efecto producido por la narración de su experiencia. Vieron que él predicaba confiadamente a Jesús, y realizaba milagros en su nombre; que las multitudes le escuchaban y abandonaban sus tradiciones, mirándolos como los asesinos del Hijo de Dios. Su ira fue encendida y se reunieron para consultar qué era lo mejor para sofocar la excitación. Acordaron en que la única conducta segura consistía en darle muerte a Pablo. Pero Dios conocía su intención, y envió ángeles para protegerlo, a fin de que pudiera vivir para cumplir su misión, y sufrir por el nombre de Jesús.

        A Pablo se le informó que los judíos querían matarle. Satanás guió a los incrédulos judíos a vigilar día y noche las puertas de la ciudad de Damasco para que cuando Pablo pasara por ellas le diesen muerte inmediatamente. Pero durante la noche los discípulos lo bajaron por el muro en un canasto. De esa manera, los judíos fueron avergonzados en su fracaso, y el objetivo de Satanás fue malogrado. Pablo fue a Jerusalén a reunirse con los discípulos, pero todos le temían. No podían creer que fuera un discípulo. Había sido perseguido por los judíos en Damasco, y sus propios hermanos no lo recibían; pero Bernabé lo llevó a los apóstoles y les declaró cómo él había visto al Señor en el camino, y que había predicado valientemente en Damasco en el nombre de Jesús.

        Pero Satanás estaba agitando a los judíos para que destruyeran a Pablo, y Jesús le ordenó dejar a Jerusalem. Y cuando se fue a otras ciudades predicando a Jesús, y realizando milagros, muchos se convertían. Un hombre que había sido cojo de nacimiento fue sanado y la gente que adoraba a los ídolos estaba a punto de ofrecer sacrificios a los discípulos. Pablo se entristeció y les dijo que ellos eran solamente hombres, y que únicamente debían adorar al Dios que había hecho los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay. Pablo exaltó a Dios ante ellos, pero a duras penas pudo contener a la gente. El primer concepto de la fe en el verdadero Dios y el culto y el honor debidos a él estaba formándose en las mentes de esa gente; pero mientras escuchaban a Pablo, Satanás estaba incitando a los judíos incrédulos de otras ciudades para que persiguieran a Pablo y destruyeran la buena obra hecha por él. Esos judíos excitaron e inflamaron las mentes de aquellos idólatras esparciendo falsos informes en contra de Pablo. De esa manera, la admiración y el asombro de la gente se convirtió en odio, y quienes poco antes estaban dispuestos a adorar a los discípulos, apedrearon a Pablo, y lo sacaron de la ciudad suponiendo que estaba muerto. Pero mientras los discípulos estaban alrededor de Pablo, llorando por él, con gozo lo vieron levantarse y entró con ellos en la ciudad.

        En otra ocasión, mientras pablo predicaba a Jesús, una mujer poseída por el espíritu de adivinación, los seguía clamando: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación. De esa manera siguió a los discípulos por muchos días. Pero Pablo sentíase triste pues esos clamores distraían a la gente e impedían que escucharan la verdad. El propósito de Satanás al inducirla a hacer esto, era despertar en la gente un desagrado que destruyera la obra de los discípulos. Pero el espíritu de Pablo se conmovió dentro de sí, y volviéndose hacia la mujer, dijo al espíritu: Te mando en el nombre de JesuCristo, que salgas de ella, y el espíritu malo al ser reprendido así, la dejó.

        Sus amos se sentían complacidos de que ella clamara tras los discípulos, pero cuando el mal espíritu la dejó, y vieron que fue transformada en una mansa discípula de Cristo, se llenaron de ira. Habían obtenido mucho dinero mediante las adivinaciones de ella, y ahora la esperanza de ganancia se había desvanecido. El propósito de Satanás fracasó, pero sus siervos apresaron a Pablo y a Silas; los llevaron hasta la plaza y presentándolos a los magistrados dijeron: "Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad." Y la multitud se levantó contra ellos. Los magristrados desgarraron sus ropas y ordenaron que fuesen azotados. Después de haberlos azotado mucho, los pusieron en la cárcel encargando al carcelero que los guardase con seguridad, el cual habiendo recibido ese mandato, los puso en el calabozo de más adentro y les aseguró los pies en el cepo. Pero los ángeles de Dios los acompañaban dentro de las paredes de la prisión. Su encarcelamiento redundó para la gloria de Dios, y demostró que él estaba dirigiendo la obra y estaba con sus siervos escogidos; que las paredes de esa prisión podían ser sacudidas y las poderosas barras de hierro ser abiertas por él.

        Pero hacia la medianoche, Pablo y Silas oraban y cantaban himnos a Dios, cuando de reprente se produjo un terremoto que sacudió los fundamentos de la cárcel; y vi que al instante el ángel del Señor soltó las cadenas de todos los presos. El carcelero despertó y estaba atemorizado al ver que las puertas de la cárcel estaban abiertas. Pensó que los presos habían escapados y que sería castigado con la muerte. Cuando estaba por matarse, Pablo clamó en alta voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. El poder de Dios convenció al carcelero. Entonces pidió luz y precipitándose adentro, se postró ante Pablo y Silas y sacándolos, les dijo: Señores, ¿que debo hacer para ser salvo? Ellos contestaron: Cree en el Señor JesuCristo, y serás salvo, tú y toda tu casa. El carcelero reunió entonces a todos los de su casa, y Pablo les predicó acerca de Jesús. De esa manera, el corazón del carcelero fue unido al de esos hermanos, y lavó las heridas dejadas por los azotes; y él y toda su casa fueron bautizados esa noche. Llevándolos entonces a su casa, les sirvió comida y se regocijó, creyendo en Dios junto con todos los de su casa.

        Las maravillosas nuevas de la manifestación del poder de Dios al abrir las puertas de la prisión fueron difundidas por doquier y asímismo la conversión y bautismo del carcelero y su familia. Los magistrados oyeron todo lo ocurrido y tuvieron miedo. Enviaron a decir al carcelero que soltara a Pablo y a Silas. Pero Pablo no quiso abandonar la cárcel en forma privada. Les dijo: Después de azotarnos públicamente sin que hubiera ninguna sentencia judicial, siendo ciudadanos romanos, nos pusieron en la cárcel, ¿y ahora quieren sacarnos a escondidas? De ninguna manera, sino que vengan ellos mismo a sacarnos. Pablo y Silas no deseaban que la manifestación del poder de Dios fuera ocultada. Los alguaciles dijeron esas palabras a los magistrados, los cuales se llenaron de temor al oir que eran ciudadanos romanos. Y viniendo, les rogaron, y sacándolos les pidieron que salieran de la ciudad.

Favor hacer referencia a: Hechos capítulo 14 & 16.

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Capítulo 16

Pablo Visita Jerusalén

        Poco tiempo después de la conversión de Pablo, él visitó Jerusalén, y predicó a Jesús y las maravillas de su gracia. Relató su conversión milagrosa, lo cual enfureció a los sacerdotes y a los dirigentes, y éstos trataron de tomar su vida. Pero a fin de que su vida pudiera ser salvada, Jesús se le apareció nuevamente en una visión mientras oraba, diciéndole: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio acerca de mí. Pablo le rogó a Jesús fervientemente: Señor, ellos saben que yo encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban. Pablo pensaba que los judíos en Jerusalén no podían resistir su testimonio; que considerarían que el gran cambio que se había obrado en él podía solamente haber sido logrado por el poder de Dios. Pero Jesús le dijo: Ve, porque yo te enviaré a los gentiles.

        Durante su ausencia de Jerusalén, Pablo escribió muchas cartas a diferentes lugares, relatando su experiencia, y dando un poderoso testimonio. Pero algunos lucharon por destruir la influencia de esas cartas. Estaban obligados a admitir que éstas tenían peso y poder, pero declaraban que la presencia corporal de su autor era débil y que su manera de hablar era despreciable.

        Vi que Pablo era un hombre de gran erudición y su sabiduría y sus modales encantaban a sus oyentes. Su conocimiento agradaba a los sabios, y muchos llegaron a creer en Jesús. Cuando ante reyes y numerosas asambleas él manifestaba tal elocuencia, vencía la oposición de todos los presentes . Eso enfurecía grandemente a los sacerdotes y a los ancianos. Pablo podía fácilmente entrar en profundo razonamiento, y elevándose, llevar a la gente consigo en los más exaltados hilos de pensamiento, presentando las profundas riquezas de la gracia de Dios, y describiendo ante ellos el asombroso amor de Cristo. Entonces, con sencillez, él descendía al nivel de la comprensión del pueblo común, y le relataba su experiencia de una manera poderosa, lo cual despertaba en ellos el ardiente deseo de ser discípulos de Cristo.

        El Señor le reveló a Pablo que nuevamente debía ir a Jerusalén; que allí él sería apresado y que sufriría por su nombre. Y aunque estuvo prisionero un largo tiempo, sin embargo, el Señor llevó a cabo su obra especial a través suyo. Las cadenas de Pablo eran el medio de difundir el conocimiento de Cristo, y de esa manera, glorificar a Dios. A medida que era enviado de ciudad en ciudad para ser enjuiciado, el testimonio acerca de Jesús, y los interesantes incidentes de su conversión eran relatados ante reyes y gobernadores, para que no fuesen dejados sin un testimonio concerniente a Jesús. Miles de personas creyeron en él y se regocijaron en su nombre. Vi que el propósito especial de Dios se cumplió en el viaje de Pablo por mar, para que la tripulación del barco pudiera presenciar el poder de Dios a través suyo, y para que los paganos también pudieran oír el nombre de Jesús, y que muchos se convirtieran mediante sus enseñanzas al ver los milagros que él realizaba. Reyes y gobernadores se sintieron persuadidos por su razonamiento, y, cuando él predicaba a Jesús y relataba los interesantes eventos de su experiencia, la convicción se apoderaba de ellos de que Jesús era el Hijo De Dios; y mientras algunos se sentían llenos de asombro al escuchar a Pablo, uno clamó: Por poco me persuades a ser cristiano. Sin embargo, pensaron que en alguna ocasión futura considerarían lo que habían escuchado. Satanás tomó ventaja de la demora, y como descuidaron esa oportunidad cuando sus corazones habían sido suavizados, la perdieron para siempre. Sus corazones se endurecieron.

        Se me mostró la obra de Satanás cuando encegueció los ojos de los judíos para que no recibieran a Jesús como su Salvador, y luego al conducirlos mediante la envidia en contra de sus poderosas obras, a querer destruir su vida. Satanás entró en uno de los mismos discípulos de Jesús y lo llevó a traicionarlo en manos de los judíos, y ellos crucificaron al Señor de la vida, y de la gloria. Después de que Jesús resucitó de los muertos, los judíos añadieron pecado a pecado mientras trataban de ocultar el hecho de la resurrección al contratar a la guardia romana por dinero para que atestiguara una mentira. Pero la resurrección de Jesús quedó doblemente asegurada por la resurrección de una multitud de testigos que se levantaron con él. Jesús apareció a sus discípulos, y a más de quinientas personas reunidas, mientras que aquellos que él había levantado con él, aparecieron a muchos declarando que Jesús había resucitado.

        Satanás había hecho que los judíos se rebelaran en contra de Dios al negarse a recibir a su Hijo, y al manchar sus manos con la sangre más preciosa al crucificarlo. A pesar de la poderosa evidencia que había sido dada de que Jesús era el Hijo de Dios, el Redentor del mundo; ellos lo habían asesinado y no quisieron recibir ninguna evidencia en su favor. Su única esperanza y consuelo, como los de Satanás después de su caída, era tratar de prevalecer en contra del Hijo de Dios. Continuaron su rebelión persiguiendo a los discípulos de Cristo y dándoles muerte. Nada ofendía tanto sus oídos como el nombre de Jesús a quien habían crucificado, y estaban determinados a no escuchar ninguna evidencia en su favor. Como en el caso de Esteban, cuando el Espíritu Santo mostró a través de él la poderosa evidencia de que Jesús era el Hijo de Dios, se taparon los oídos no fuera que quedasen convencidos. Y mientras Esteban estaba envuelto en la gloria de Dios, lo apedrearon a muerte. Satanás tenía atrapados en sus garras a los asesinos de Jesús. Mediante obras impías, se habían entregado a él como sus súbditos voluntarios, y a través de ellos, él obraba para perturbar y molestar a los que creían en Cristo. Trabajó por medio de los judíos para incitar a los gentiles en contra del nombre de Jesús, en contra de los que lo seguían y creían en su nombre. Pero Dios envió a sus ángeles para fortalecer a los discípulos en su obra, a fin de que pudieran testificar acerca de las cosas que habían visto y oído, y para que al final, en su fidelidad, pudieran sellar su testimonio con su sangre.

        Satanás se regocijó de que los judíos estuvieran bien sujetos en su trampa. Todavía continuaban sus inútiles ceremonias, sus sacrificios y ordenanzas. Cuando Jesús, colgando de la cruz exclamó: Consumado es, el velo del templo se rasgó en dos, de alto a abajo, para indicar que Dios ya no atendería a los sacerdotes en el templo, para aceptar sus sacrificios y ritos, y también para mostrar que la pared intermedia entre los judíos y gentiles había sido derribada. Jesús había hecho una ofrenda de sí mismo por ambos, y si habían de ser salvos, ambos debían creer en Jesús como la única ofrenda por el pecado, y aceptarlo como el Salvador del mundo.

        Mientras Jesús colgaba de la cruz, cuando el soldado atravesó su costado con una lanza, brotó sangre y agua en dos raudales diferentes, uno de sangre, el otro de agua clara. La sangre era para lavar los pecados de aquellos que creerían en su nombre. El agua representaba esa agua viva que se obtiene de Jesús para darle vida al creyente.

Favor hacer referencia a: Mateo 27:51; Juan 19:34; Hechos capítulo 24 & 26.

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Capítulo 17

La Gran Apostasía

        Se me mostró el tiempo cuando los idólatras paganos persiguieron cruelmente a los cristianos y los mataron. La sangre fluyó en torrentes. Los nobles, los sabios y el pueblo común fueron igualmente asesinados sin misericordia. Familias adineradas fueron reducidas a la pobreza porque no estaban dispuestas a renunciar a su religión. A pesar de la persecución y de los sufrimientos que esos cristianos soportaron, se negaron a rebajar sus normas. Mantuvieron pura la religión. Vi que Satanás se alegraba y triunfaba acerca de los sufrimientos del pueblo de Dios. Pero Dios miraba a sus fieles mártires con gran aprobación, y los cristianos que vivieron en ese terrible tiempo eran muy amados por él porque estaban dispuestos a sufrir por su causa. Cada sufrimiento soportado por ellos aumentaba su recompensa en el cielo. Pero aunque Satanás se regocijaba porque los santos sufrían, aún no estaba satisfecho. Quería el control de la mente tanto como del cuerpo. Los sufrimientos que esos cristianos soportaban los acercaron al Señor, y los indujeron a amarse los unos a los otros, y a tener un mayor temor de ofenderlo. Satanás deseaba llevarlos a desagradar a Dios; entonces perderían su fortaleza, valor y firmeza. Aunque miles de ellos fueron muertos, otros se levantaban para llenar su lugar. Satanás vio que estaba perdiendo a sus súbditos, y a pesar de que sufrían persecución y muerte, quedaban asegurados para JesuCristo, para ser los súbditos de su reino, y él trazó planes para pelear de una manera más exitosa en contra del gobierno de Dios y para derribar a la iglesia. Condujo a los idólatras paganos a que aceptaran parte de la fe cristiana. Estos profesaron creer en la crucifixión y en la resurrección de Cristo, sin experimentar un cambio de corazón, y se determinaron a unirse a los seguidores de Jesús. ¡Oh! ¡Cuán terrible peligro para la iglesia! Fue un tiempo de agonía mental. Algunos pensaron que si rebajaban las normas y se unían a esos idólatras que habían aceptado una porción de la fe cristiana, ese sería un medio de lograr su conversión. Satanás estaba tratando de corromper las doctrinas de la Biblia. Finalmente, vi que se bajó el estandarte y que esos paganos se unían con los cristianos. Habían sido adoradores de ídolos, y aunque profesaban ser cristianos, trajeron consigo la idolatría. Cambiaron solamente los objetos de su adoración a imágenes de santos y aun la imagen de Cristo y de María, la madre de Jesús. Gradualmente, los cristianos se unieron a ellos, y la religión cristiana se corrompió, perdiendo la iglesia su pureza y su poder. Algunos se negaron a unirse con ellos y estos preservaron su pureza y adoraron solamente a Dios. No estaban dispuestos a inclinarse ante ninguna imagen de cosa alguna que estuviera en el cielo, o abajo en la tierra.

        Satanás se regocijó por la caída de tantas personas, y luego incitó a la iglesia apóstata para que obligara a los que querían preservar la pureza de su religión, a que se sometieran a sus ceremonias y a la adoración de imágenes o de lo contrario recibiesen la muerte. Los fuegos de la persecución se encendieron nuevamente en contra de la verdadera iglesia de JesuCristo, y millones fueron muertos sin misericordia.

        Eso me fue presentado de la siguiente manera: Una vasta compañía de idólatras paganos llevaba un estandarte negro sobre el cual habían figuras del sol, de la luna y de las estrellas. El grupo parecía muy feroz y airado. Entonces, se me mostró otra compañía llevando un estandarte puro y blanco, y sobre éste estaba escrito: Pureza y Santidad al Señor. En sus rostros se observaba una firmeza y una resignación celestial. Vi a los idólatras paganos acercarse a ellos, y se produjo una gran matanza. Los cristianos desaparecieron delante de ellos, y sin embargo, el grupo cristiano estrechó sus filas aún más, y sostuvo la bandera más firmemente. A medida que muchos caían, otros se reunían alrededor del estandarte y llenaban sus lugares.

        
Vi la compañía de los idólatras consultando el uno con el otro. Habían fracasado en hacer que los cristianos cedieran, y convinieron en seguir otro plan. Los vi bajar su bandera, acercarse a esa firme compañía cristiana, y hacerles proposiciones. Al principio, sus ofertas fueron rechazadas de plano. Entonces, vi al grupo cristiano consultando. Algunos dijeron que bajarían el estandarte, que aceptarían las proposiciones y salvarían sus vidas, y al final, cobrarían fuerzas para enarbolar su bandera en medio de esos idólatras paganos. Pero algunos no estaban dispuestos a acceder a ese plan, sino que escogieron firmemente morir sosteniendo su bandera, antes que arriarla. Entonces vi a muchos de entre esa compañía cristiana arriar el estandarte y unirse con los paganos; mientras que los que eran firmes y fieles la recogieron y volvieron a enarbolarla. Vi individuos abandonando constantemente la compañía de los que llevaban la bandera pura, y uniéndose con los idólatras, y éstos se juntaron bajo la bandera negra para perseguir a los que estaban llevando el estandarte blanco, y muchos fueron muertos; sin embargo, la bandera blanca fue mantenida en alto, y se levantaron individuos para reunirse en derredor de ella.

        Los judíos, quienes fueron los primeros en despertar la ira de los paganos en contra de Jesús, no habrían de escapar. En la sala del tribunal, mientras Pilato vacilaba en condenar a Jesús, los enfurecidos judíos habían clamado: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos". La raza judía experimentó el cumplimiento de esa terrible maldición que ellos se atrajeron sobre sí mismos. Los paganos y aquellos que se llamaban cristianos eran igualmente sus enemigos. Los profesos cristianos, en su celo por la cruz de Cristo, porque los judíos habían crucificado a Jesús, pensaron que mientras más sufrimiento pudieran ocasionarles, mucho más agradarían a Dios; y muchos de esos judíos incrédulos fueron muertos, mientras que otros fueron empujados de lugar en lugar, y sufrieron casi toda clase de castigos.

        La sangre de Cristo y de los discípulos, a quienes habían dado muerte, estaba sobre ellos, y fueron visitados con terribles juicios. La maldición de Dios los seguía, y eran un refrán y un objeto de oprobio entre los paganos y entre los cristianos. Eran evitados, despreciados y detestados, como si la marca de Caín estuviera sobre ellos. Sin embargo, vi que Dios preservó milagrosamente a esa raza, y los había dispersado por todo el mundo, para que fuesen considerados como un pueblo visitado de manera señalada por una maldición de Dios. Vi que Dios había abandonado a los judíos como nación; no obstante hay una porción de ellos que será capacitada para arrancar el velo de sus corazones. Todavía algunos verán que la profecía acerca de ellos se ha cumplido, y recibirán a Jesús como el Salvador del mundo, y se darán cuenta del gran pecado de su nación al rechazar a Jesús, y crucificarlo. Miembros individuales del pueblo judío se convertirán; pero, como nación, han sido abandonados por Dios para siempre. Miembros individuales del pueblo judío se convertirán; pero, como nación, han sido abandonados por Dios para siempre.

Favor hacer referencia a enciclopedia: "La Reforma" y "El Inquisición".

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Capítulo 18

El Misterio de Iniquidad

        Ha sido siempre el plan de Satanás desviar de Jesús las mentes de la gente y conducirlas hacia los hombres, destruyendo así el sentido de la responsabilidad individual. Satanás falló en su propósito cuando tentó al Hijo de Dios. Tuvo un mayor éxito cuando se acercó al hombre caído. La doctrina de la cristiandad fue corrompida. Papas y sacerdotes se arrogaron una posición exaltada, y enseñaron a la gente a recurrir a ellos para obtener el perdón de sus pecados, en vez de ir directamente a Cristo. Se les prohibió la lectura de la Biblia, de manera que permanecieran ocultas las verdades que los condenaban.

        La gente fue completamente engañada. Se le enseñó que los papas y sacerdotes eran los representantes de Cristo, cuando en realidad eran los representantes de Satanás y cuando se postraban ante ellos estaban adorando a Satanás. La gente pedía la Biblia; pero los sacerdotes consideraron como algo peligroso que los fieles leyeran la Palabra de Dios por sí mismos por temor a que fuesen ilustrados, y los pecados de sus instructores fuesen expuestos. El pueblo fue enseñado a recibir las palabras de estos engañadores como si proviniesen de la boca de Dios. Ejercían sobre las mentes un poder que solamente Dios debería tener. Y si alguien se atrevía a seguir sus propias convicciones, el mismo odio que Satanás y los judíos habían manifestado hacia Jesús se encendía en contra de ellos, y los que tenían autoridad se mostraban sedientos de su sangre. Se me mostró un tiempo durante el cual Satanás triunfaba en forma especial. Multitudes de cristianos fueron muertos de una manera espantosa porque deseaban preservar la pureza de su religión.

        La Biblia era odiada y se hicieron esfuerzos para hacer desaparecer de la tierra la preciosa palabra de Dios. Su lectura fue prohibida so pena de muerte, y todos los ejemplares del santo libro que se podían encontrar fueron quemados. Pero vi que Dios tuvo un cuidado especial por su palabra. Él la protegió. En diferentes períodos solamente quedaron muy pocas copias de la Biblia, sin embargo, Dios no permitió que se perdiese su palabra. Y en los últimos días los ejemplares de la Biblia serían multiplicados de tal manera que cada familia podría poseerla. Vi que cuando había solamente unas pocos ejemplares de la Biblia, los perseguidos seguidores de Jesús encontraban en ella precioso consuelo de valor inestimable. La leían secretamente y aquellos que disfrutaban de ese exaltado privilegio sentían que tenían una entrevista con Dios, con su Hijo Jesús, y con sus discípulos. Pero este bendito privilegio costó la vida de muchos. Si eran descubiertos, se los privaba de la lectura de la sagrada Palabra y eran condenados al cadalso, a la estaca o al calabozo para morir allí de hambre.

        Satanás no podía impedir el plan de salvación. Jesús fue crucificado, y resucitó al tercer día. Pero Satanás le dijo a sus ángeles que el obtendría ventajas de la crucifixión y de la resurrección. Estaba dispuesto a que los que profesaban fe en Jesús creyeran, que las leyes judías que regulaban los sacrificios y ofrendas cesaron a la muerte de Cristo, y si podía llevarlos más lejos, les haría creer que la ley de los diez mandamientos también había expirado con Cristo.

        
Vi que muchos cedieron fácilmente a este engaño de Satanás. Todo el cielo se indignó al ver que la santa ley de Dios era pisoteada. Jesús y toda la hueste angélica estaban familiarizados con la naturaleza de la ley de Dios; y sabían que era imposible alterarla o abrogarla. La condición desesperada del hombre después de la caída había causado la tristeza más profunda en el cielo, y movió a Jesús a ofrecerse para morir por los transgresores de la santa ley de Dios. Si su ley hubiese podido ser abolida el hombre podría haberse salvado sin necesidad de la muerte de Jesús. La muerte de Cristo no destruyó la ley de su Padre, sino que la magnificó, la honró, e impuso la obediencia a todos sus santos preceptos. Si la iglesia hubiese permanecido pura y firme Satanás no hubiese podido engañarla ni inducirla a pisotear la ley de Dios. En ese atrevido plan, Satanás ataca directamente el fundamento del gobierno de Dios en el cielo y en la tierra. A causa de su rebelión fue expulsado del cielo. Después que se rebeló, quiso salvarse pretendiendo que Dios cambiara su ley, pero Dios ante toda la hueste celestial le dijo a Satanás que su ley era inalterable. Satanás sabe que si puede inducir a otros a violar la ley de Dios puede ganarlos para su causa, porque todo transgresor de la ley debe morir.

        Satanás decidió ir aún más lejos. Dijo a sus ángeles que algunos manifestarían tanto celo por la ley de Dios que no se dejarían prender en esta trampa, pues los diez mandamientos eran tan claros que muchos creerían que todavía estaban vigentes; por lo tanto, debía tratar de corromper el cuarto mandamiento, el cual revela al Dios viviente. Indujo a sus representantes a intentar cambiar el sábado, y alterar el único mandamiento de los diez que señala al verdadero Dios, el Hacedor de los cielos y de la tierra. Satanás presentó ante ellos la gloriosa resurrección de Jesús, y les dijo que por haber resucitado el primer día de la semana él cambió el descanso del séptimo al primer día de la semana. Así se valió Satanás de la resurrección para que sirviera su propósito. Él y sus ángeles se regocijaron de que los errores preparados por ellos fuesen aceptados tan favorablemente por quienes se consideraban los profesos amigos de Cristo. Lo que alguno pudiera considerar como un horror religioso, otro lo admitiría. Los diferentes errores serían recibidos y defendidos celosamente. La voluntad de Dios tan claramente revelada en su palabra fue cubierta con errores y tradiciones que eran enseñados como los mandamientos de Dios. Pero a pesar de que este atrevido engaño, en desafio al cielo, había de ser tolerado hasta la segunda aparición de Jesús, sin embargo, Dios no sería dejado sin testigos. Habían habido verdaderos y fieles testigos que habían guardado todos los mandamientos de Dios a través de las tinieblas y del tiempo de persecución de la iglesia.

        Vi que los ángeles se llenaron de asombro al contemplar los sufrimientos y muerte del Rey de gloria. Pero también vi que a la hueste angélica no le sorprendió que el Señor de la vida y de la gloria, quien llenaba todo el cielo de gozo y esplendor, quebrantara los lazos de la muerte y saliera de la tumba como vencedor. Y si alguno de esos eventos hubiese de ser conmemorado por un día de descanso, habría de ser el de la crucifixión. Pero, vi que ninguno de esos acontecimientos estaba destinado a alterar o abolir la ley de Dios; sino que constituían la prueba más poderosa de su carácter inmutable.

        Estos importantes eventos tienen su conmemoración. Al participar de la cena del Señor, al partir el pan y tomar del jugo de la vid anunciamos la muerte del Señor hasta que él venga. Al observar este mandamiento, las escenas de sus sufrimientos y muerte vienen frescas a nuestra memoria. La resurrección de Cristo es conmemorada cuando somos enterrados con Cristo mediante el bautismo, y levantados de la tumba líquida a la semejanza de su resurrección para vivir una vida nueva.

        Se me mostró que la ley de Dios permanecería para siempre, y que existiría en la tierra nueva por toda la eternidad. En la creación, cuando el fundamento de la tierra fue colocado, los hijos de Dios miraron con admiración la obra del Creador, y toda la hueste celestial se regocijó. Fue entonces cuando se estableció el fundamento del sábado. Al cierre de los seis días de creación, Dios descansó en el séptimo día de toda su obra que había hecho; y bendijo el día de reposo y lo santificó, porque en él había descansado de toda su obra. El sábado fue instituido en el Edén antes de la caída, fue observado por Adán y Eva, y por toda la hueste celestial. Dios descansó en el séptimo día, lo bendijo y lo santificó; y vi que el sábado nunca sería abolido, sino que los santos redimidos y toda la hueste angélica, lo observará en honor al gran Creador por toda la eternidad.

Favor hacer referencia a: Daniel capítulo 7; 2Tesalonicenses capítulo 2.

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Capítulo 19

La Muerte No es un Tormento Eterno

        Satanás comenzó su engaño en el Edén. Le dijo a Eva: No moriréis. Esa fue la primera lección de Satanás con respecto a la inmortalidad del alma; y él ha llevado a cabo ese engaño desde esa época hasta el presente, y continuará haciéndolo hasta que termine la cautividad de los hijos de Dios. Me fueron mostrados Adán y Eva en el Edén. Ambos comieron del árbol prohibido; una espada de fuego fue colocada alrededor del árbol de la vida, y ellos fueron arrojados del Edén para que no pudieran comer de éste y se convirtieran en pecadores inmortales. El árbol de la vida había de perpetuar la inmortalidad. Escuché a un ángel preguntar: ¿Quién de la familia de Adán ha pasado por donde está la espada de fuego y participado del árbol de la vida? Entonces escuché a otro ángel contestar: Ningún miembro de la familia de Adán ha pasado por la espada de fuego, y participado del árbol de la vida; por lo tanto, no hay ningún pecador que sea inmortal. El alma que pecare morirá de muerte eterna; una muerte que durará para siempre, donde no habrá ninguna esperanza de resurrección; entonces, la ira de Dios se apaciguará.

        Me sentí sorprendida de que Satanás pudiera tener tanto éxito en hacer creer a los hombres que las palabras: El alma que pecare ésta morirá, significan que el alma que pecare no morirá, sino que vivirá en una miseria eterna. El ángel dijo: La vida es vida, ya sea que ésta transcurra en pena o en felicidad. En la muerte no hay pena, alegría u odio.

        Satanás le dijo a sus ángeles que realizaran un esfuerzo especial para difundir el engaño y la mentira que le fue dicha a Eva por primera vez en el Edén: No moriréis. Y cuando este error fue recibido por la gente, y creyeron que el hombre era inmortal, Satanás los condujo aún más lejos haciéndoles creer que el pecador viviría en una miseria eterna. Entonces, el camino fue preparado para que Satanás obrara a través de sus representantes, y presentara a Dios como un tirano vengativo; que quienes no lo complacían, serían arrojados en un infierno, y allí sentirían por siempre su ira, mientras que él los contemplaría con satisfacción al verlos retorcerse, víctimas de horribles sufrimientos en medio de llamas eternas. Satanás sabía que si este error era recibido, Dios sería temido y odiado por una gran mayoría, en vez de ser amado y admirado; y que también, muchos serían llevados a creer que las amenazas contenidas en la palabra de Dios no serían cumplidas; porque sería contrario a su carácter benévolo y amoroso el arrojar a los seres que él había creado a los tormentos eternos. Satanás los había guiado hacia otro extremo, a ignorar completamente la justicia de Dios, las advertencias encerradas en su Palabra, y a presentarlo como un ser lleno de tanta misericordia, que no dejaría que nadie pereciera, sino que todos, santos y pecadores, serían finalmente salvos en su reino. A causa del error popular de la inmortalidad del alma, Satanás se aprovecha de otra clase de personas, y los conduce a considerar la Biblia como un libro que no es inspirado divinamente. Esta clase piensa que las Escrituras enseñan muchas cosas buenas, pero que ellos no pueden confiar en ella ni amarla, porque han sido enseñados que ésta sostiene la doctrina de la ruina eterna.

        Satanás aún toma ventaja de otra clase de personas y las lleva al punto en que niegan la existencia de Dios. No pueden ver que exista armonía alguna en el carácter del Dios de la Biblia, si él infligira terribles tormentos a una parte de la familia humana por toda la eternidad; y ellos niegan la Biblia y a su Autor, y consideran que la muerte es un sueño eterno.

        Satanás entonces induce a pecar a otra clase que es medrosa y tímida; y después que han pecado, les asegura que la paga del pecado es (no la muerte, sino) una vida eterna en horribles tormentos, que han de sufrirse por las edades sin fin de la eternidad. Satanás aprovecha la oportunidad, y magnifica ante sus débiles mentes los horrores de un infierno sin fin, toma control de sus mentes, y ellos pierden la razón. Entonces, Satanás y sus ángeles se alegran y el infiel y el ateo se unen para lanzar reproches sobre el cristianismo. Sostienen que esos males son el resultado de creer en la Biblia y en su Autor, cuando en realidad son la consecuencia de haber aceptado una herejía popular.

        Vi que la hueste celestial estaba llena de indignación por esa audaz obra de Satanás. Pregunté por qué se permitía que todos esos engaños tuvieran efecto en las mentes de los hombres, cuando los ángeles de Dios eran tan poderosos, y si eran comisionados, fácilmente podían romper el poder del enemigo. Entonces, vi que Dios sabía que Satanás trataría de usar todas sus artes para destruir al hombre; por lo tanto, él había hecho que su Palabra fuese escrita, y que sus planes para el hombre fuesen presentados tan claramente que el más débil no necesitara errar. Después de darle su Palabra al hombre, la preservó cuidadosamente de modo que Satanás y sus ángeles, a través de cualquier agente o representante, no pudiera destruirla. Aunque otros libros podían ser destruidos, ese santo Libro había de ser inmortal. Y cerca del tiempo del fin, cuando los engaños de Satanás aumentarían, las copias de ese Libro se multiplicarían para que todos los que deseasen tener una copia de la voluntad de Dios revelada al hombre pudiesen tenerla, y si querían, podrían armarse en contra de los engaños y los prodigios mentirosos de Satanás.

        Vi que Dios había guardado la Biblia de manera especial, sin embargo los eruditos, cuando las copias eran pocas, habían cambiado las palabras en algunos casos, pensando que la estaban haciendo más clara, cuando sólo estaban confundiendo lo que era sencillo al hacer que su sentido se inclinara en apoyo de las opiniones que habían establecido, y que eran puntos de vista gobernados por la tradición. Pero vi que la Palabra de Dios, en conjunto, es una cadena perfecta de la cual, una porción explica la otra. Los verdaderos buscadores de la verdad no necesitan errar, porque no sólo es la Palabra de Dios sencilla y clara al mostrar el camino de la vida, sino que el Espíritu Santo es dado como guía para comprender el camino de la vida revelado en la Palabra.

        Vi que los ángeles de Dios nunca habían de controlar la voluntad. Dios coloca delante del hombre la vida y la muerte. Éste puede escoger. Muchos desean la vida, pero continúan andando en el camino ancho, porque no han escogido la vida.

        
Vi la misericordia y la compasión de Dios al dar a su Hijo para que muriera por el hombre culpable. Aquellos que no escojan aceptar la salvación que ha sido comprada para ellos a un precio tan elevado, deben ser castigados. Seres que Dios creó han escogido rebelarse en contra de su gobierno, pero vi que Dios no los había aprisionado en el infierno para que sufran eternamente. Él no podría llevarlos al cielo, porque introducirlos en la compañía de los seres puros y santos los haría completamente miserables. Dios no los llevará al cielo ni tampoco hará que sufran eternamente. Los destruirá completamente para que sean como si nunca hubiesen existido, y entonces su justicia estará satisfecha. Formó al hombre del polvo de la tierra y el desobediente e impio será consumido por fuego, y volverá nuevamente al polvo. Vi que la benevolencia y la compasión de Dios en este asunto debería llevar a todos a admirar su carácter y a adorarlo; y después de que los malvados hayan sido destruidos de la tierra, toda la hueste angélica dirá: ¡Amén!

        Satanás miraba con gran satisfacción a los que profesan tener el nombre de Cristo y se aferran a los engaños que él mismo originó. Su obra es la de crear nuevos engaños. Su poder aumenta, y se vuelve más astuto. Él guió a sus representantes, los papas y sacerdotes, a exaltarse a sí mismos, y a excitar a la gente a perseguir severamente a aquellos que amaban a Dios, y no estaban dispuestos a ceder a sus engaños. Satanás incitó a sus agentes a destruir a los devotos seguidores de Cristo. ¡Oh, los sufrimientos y la agonía que hicieron sufrir a los preciosos hijos de Dios! Los ángeles han llevado un fiel registro de todo eso. Pero Satanás y sus malos ángeles se regocijaron, y él dijo a todos los ángeles que ministraban y fortalecían a esos santos sufrientes que los matarían, para que no quedara un verdadero cristiano sobre la tierra. Vi que la iglesia de Dios era pura entonces. No existía el peligro de que hombres de corazones corruptos entraran entonces en la iglesia de Dios, porque el verdadero cristiano que se atrevía a declarar su fe, estaba en peligro de sufrir el potro, la estaca y todas las torturas que Satanás y sus ángeles malos pudiesen inventar, y poner en la mente del hombre.

Favor hacer referencia a: Génesis capítulo 3; Eclesiastés 9:5; Lucas 21:33; Juan 3:16; 2Timoteo 3:16; Apocalipsis 20:14-15, 21:1, 22:12-19.

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